
La atención a las personas mayores en el ámbito residencial constituye hoy uno de los grandes retos del sistema sanitario y social. En este contexto, la geriatría aporta un valor diferencial imprescindible: la capacidad de realizar una valoración integral, centrada en la persona, que tiene en cuenta no solo la enfermedad, sino también la funcionalidad, la cognición, el estado emocional y el entorno social.
El geriatra en residencia no solo trata patologías; previene deterioro, anticipa complicaciones y optimiza tratamientos, evitando ingresos hospitalarios innecesarios y mejorando la calidad de vida de los residentes. Su papel es clave en el diagnóstico sindrómico, en la adecuación terapéutica y en la toma de decisiones complejas, especialmente en situaciones de fragilidad avanzada.
Además, actúa como elemento de coordinación entre niveles asistenciales, facilitando la transición entre el hospital, el domicilio y la propia residencia, y ofreciendo apoyo especializado a los médicos de atención primaria, con los que debe existir una relación fluida y bidireccional.
Sin embargo, la realidad actual es clara: existe un déficit significativo de geriatras en el ámbito residencial, tanto en centros públicos como privados. Este hecho limita el desarrollo de un modelo asistencial verdaderamente adaptado a las necesidades de una población cada vez más envejecida y compleja.
Por ello, resulta necesario avanzar hacia un modelo en el que la presencia del geriatra en residencias no sea excepcional, sino estructural. Es imprescindible que las administraciones y los distintos agentes implicados impulsen marcos regulatorios y organizativos más exigentes, que garanticen una atención especializada, homogénea y de calidad para todas las personas mayores institucionalizadas.
La geriatría no es una opción en este entorno; es una necesidad.
Dr. José Luis Bonafonte Marteles
Médico en Residencia Angélicas y secretario de la SAGG

